Wednesday, April 22, 2015

La luz nunca muere


Durante el amanecer, los barcos siempre nos esperan. Eran las siete de la mañana, y el círculo brillante se elevó sobre las nubes y pintó el cielo con una mezcla de amarillo y azul. Llegamos tarde, pero el barco se quedó en el mismo lugar. La máquina de billetes no funcionaba, pero unos hombres nos dejaron embarcar. Abrimos las puertas del paraíso, y en ese momento, el barco salió a la estación y entró a los canales de Venecia. Nuestro tren a Roma iba a salir en menos de una hora, pero en un barco rodeado por agua, en medio de una ciudad construida encima del mar, el miedo de perder el tren desapareció. Me sentía atrapado en el presente, viendo el reflejo del sol en las alas pequeñas y las filas de edificios antiguos que antes de esa mañana solo podía imaginar. Estaba listo para la gran aventura; no solamente la jornada de la próxima semana, sino las posibilidades enormes del futuro. El sol brilló más fuerte, el barco se llenó de más gente, y mi corazón latió con una velocidad feroz. Era la hora de explorar.


Las nubes nunca dejan de moverse. Cuando el resto del mundo está quieto, ellas están despatarradas a través del cielo, creando nuevas formas - las expresiones artísticas de la naturaleza. Y cuando el cielo está despejado, siempre hay una nube moviéndose hacia un destino incierto, esperando la compañía de las otras nubes que han ido temporalmente.


Una manta blanca me siguió a Roma. En una ciudad tan histórica, con montones de estructuras antiguas y evidencia de miles de años de vida, era difícil captar la singularidad de cada momento. En los dos días que estuve allí, traté de ralentizar el tiempo y perderme en el aire caliente y las calles ruidosas, pero como las nubes, no pude parar. Sin embargo, la emoción de viajar me transportó de una actividad a la siguiente, y acepté la continuación del movimiento.

La manta blanca también viajó conmigo a Santorini, la isla mágica de Grecia. Aquí, las imágenes del mar, con varias islas de miniatura sentadas encima del agua, no me parecían reales. Había viajado a otro mundo, con volcanes, burros, y casas el color de las nubes; fenómenos que antes de esa semana estaban fuera de mi idea de la realidad. Gasté mucho tiempo haciendo nada más que mirar las vistas increíbles y oír los sonidos de pájaros, aviones, y el viento, y de alguna manera, en esos momentos las horas pasaron más rápidamente. En uno de los días finales, caminé al punto más al norte de la isla para ver el anochecer. Cuando las nubes tragaron el sol y el cielo se convirtió en un lienzo con pinceladas moradas y anaranjadas, me sentí lo más pequeño en toda mi vida. Vi la curva del mundo, y el mar Egeo extendiéndose en todas direcciones. Era una gotita en un universo con millones de planetas y galaxias. Pero, con la belleza de esta foto perfecta que había entrado vino una sensación de tristeza. Quería tomar todo lo que veía y preservarlo en mi mente para siempre. No quería aceptar la impermanencia de una memoria. Cerré mis ojos, respiré muy profundamente, y regresé a las casas blancas en el pueblo de Oia.


De repente, cuando estaba caminando, miré arriba al cielo y vi la luna, brillando con una fuerza comparable con la del sol. Un rayo de luz blanca estaba reflejado en el mar, brindando una sensación de seguridad entre la oscuridad. Mientras estaba enfocando en el reflejo de la luna, me di cuenta de la importancia de la memoria. Es imposible entender un viaje a un mundo tan extraño y diferente sin reflexionar después de la experiencia. El lunes, cuando subí al avión para volver a España, no estaba resistiendo el movimiento de las nubes. Esta aventura había terminado, pero sabía que la Semana Santa se quedaría en mi mente. Tenía ganas de recordar los tiempos especiales, y de ir a más mundos nuevos en los años siguientes. El anochecer había pasado, pero la luz todavía existía.






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