Estaba de pie a un lado del túnel. Al final del
camino, vislumbré el césped artificial. Todos mis compañeros de equipo estaban
delante de mí. Cerré los ojos y oí los gritos de entusiasmo del público. Casi
cien mil personas estaban de pie, como yo, dando palmadas y volviéndose locas.
La voz del locutor sonó en los altavoces, indicando que era la hora de ir a la
cancha. Mis compañeros empezaron a moverse, andando con propósito y confianza.
Cuando llegó la hora, fui andando como un guerrero a punto de entrar en
batalla. Subí los últimos pasos, y cuando el locutor gritó mi nombre, me levanté
los brazos en el aire triunfalmente y abrí los ojos.
“No
pases por esta línea,” dijo el guarda. Miré al campo desocupado y el estadio
casi vacío. La visita al Camp Nou continuó a la izquierda.
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